Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú).
Hoy, 1 de octubre, conmemoramos —o deberíamos conmemorar— el Día del Periodista en Perú. Esta fecha recuerda el origen histórico de nuestra prensa y el papel fundamental del comunicador: iluminar lo que algunos intentan mantener en la oscuridad. Sin embargo, en tiempos recientes, esa luz ha sido atenuada por acosos, amenazas y agresiones que ponen en peligro no solo la libertad de expresión, sino la vida misma de quienes ejercen esta noble labor.
No es solo retórica: las cifras y los informes hablan con claridad. En 2023, la Asociación Nacional de Periodistas denunció cifras récord de agresiones a la libertad de prensa; en años posteriores, el bombardeo de insultos, demandas y ataques ha continuado, y hasta ahora en 2025, la ANP ha documentado centenares de agresiones contra colegas y medios. Este clima hostil convierte la tarea de informar en un desafío de alto costo personal y profesional.
Se observa un patrón alarmante. Organizaciones internacionales como Reporteros Sin Fronteras han señalado que Perú enfrenta una ofensiva contra la prensa, incluyendo iniciativas legales, campañas de desprestigio y acciones de judicialización destinadas a silenciar voces críticas. Cuando el Estado o facciones de poder utilizan herramientas legales, económicas o mediáticas para acallar a los periodistas, el daño trasciende el medio: erosiona la democracia y la capacidad de la sociedad para tomar decisiones informadas.
Es crucial señalar la implicación directa de actores del poder en este deterioro. Informes y denuncias locales han documentado numerosos episodios donde miembros del ejecutivo, así como del fujimorismo parlamentario, han cuestionado, hostigado o intentado intimidar a medios y reporteros críticos. La Asociación Nacional de Periodistas ha reportado cientos de ataques, responsabilizando en gran medida a un clima oficial que normaliza la agresión verbal y la coacción institucional. Como resultado, prevalecen el miedo, la autocensura y una prensa a la defensiva.
Y luego está el costo más inaceptable: las muertes. La historia reciente de nuestro país ha registrado decenas de comunicadores asesinados desde épocas de violencia que nos dejaron marcas profundas; la impunidad que rodea estos crímenes es vergonzosa para cualquier Estado de derecho. Más allá de los números fríos, cada vida arrebatada representa una familia destrozada, una investigación que quedó incompleta, un barrio o región desprovista de información crucial. En 2025, organizaciones internacionales han vuelto a emitir alarmas por asesinatos de periodistas en la región, incluyendo nuestro país. Clamar por protección es un deber ético y una exigencia de justicia.
No confundamos crítica con animadversión: señalar fallas del gobierno o de fuerzas políticas no es ilegal ni inmoral; es parte esencial del periodismo en una sociedad que busca ser libre. Pero cuando el poder confunde crítica con enemistad y reacciona con leyes, vetos, presiones económicas o linchamientos mediáticos, la línea entre el Estado y la censura se difumina. La sociedad peruana paga el precio: menor acceso a la verdad y más desinformación disfrazada de autoridad.
Este Día del Periodista, la conmemoración debería transformarse en un acto de memoria y compromiso. Memoria para honrar a quienes arriesgaron su vida en la búsqueda de la verdad; compromiso para restablecer condiciones que permitan trabajar a la prensa sin miedo: salvaguardias legales, protección efectiva para periodistas en riesgo, investigaciones imparciales ante agresiones y una cultura cívica que valore el rol del cuarto poder.
Si el periodismo es la voz del pueblo frente al poder, corresponde a todos —ciudadanos, organizaciones y especialmente a las instituciones democráticas— reafirmar ese derecho. De lo contrario, estaremos celebrando una efeméride vacía, mientras empeora la situación real de los periodistas. Hoy, más que flores y felicitaciones, lo que realmente necesitan los comunicadores peruanos es que la sociedad entienda que su protección es también la de todos. Porque sin una prensa libre, no existe una democracia auténtica.
Un fuerte abrazo, colegas.
Con Información de www.diarioelpulso.cl
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