Celebrar la EMTP también implica cuestionarnos cómo conectamos el aprendizaje con nuestro entorno, nuestra cultura y nuestros oficios. Desde el campo-mar de Pelluhue, escribo estas palabras al concluir el Mes de la Educación Técnico Profesional.
Este territorio, donde la vida se entrelaza en un diálogo constante entre el mar, el campo y sus habitantes, nos recuerda la profundidad que debe tener la formación técnico-profesional: la pertinencia. Hoy, en el Liceo Pelluhue, tuve la suerte de participar en la celebración del Día de la Educación Técnico-Profesional. Este evento no solo fue un momento de reconocimiento, sino también una oportunidad para reflexionar sobre la esencia de esta modalidad educativa. La EMTP no se define solo por la transmisión de competencias técnicas ni por su conexión necesaria con las empresas, sino por su capacidad para responder a la identidad y demandas del territorio al que pertenece. La pertinencia va más allá de un principio pedagógico; es un pilar fundamental. Implica que los aprendizajes interactúen con la cultura local, las tradiciones y los saberes que forman parte de nuestra historia compartida. La pesca artesanal, la gastronomía patrimonial, los oficios heredados y las prácticas comunitarias deben integrarse en el aprendizaje y no pueden ser excluidos de la formación de nuestros jóvenes. Rescatar, valorar y proyectar estos aspectos da sentido a la educación diferenciada, ya que conecta a las nuevas generaciones con su lugar de origen y les proporciona herramientas para construir un futuro sostenible en su territorio. El gran reto de la EMTP es lograr ese delicado equilibrio entre tradición e innovación. Nació en torno a los oficios y el saber hacer transmitido de generación en generación; hoy debe dialogar con los avances de la digitalización, la sostenibilidad y los cambios en el mundo productivo. La pertinencia actúa como un puente que une esos mundos: el legado cultural y territorial con las competencias que exige la sociedad contemporánea. Por ello, los liceos técnico-profesionales desempeñan un papel crucial: no solo forman para el trabajo, sino también para la vida. Son espacios donde los estudiantes descubren su vocación, fortalecen su identidad y se reconocen como actores clave en el desarrollo de sus comunidades. Allí donde existe la pertinencia, la educación técnica se convierte en un motor de movilidad social y arraigo cultural. La invitación es clara: debemos asegurar que la pertinencia siga siendo el eje central de la formación TP. Este es el fundamento desde el cual la educación adquiere verdadero significado y nos encamina hacia un futuro más justo, inclusivo y profundamente arraigado en nuestra identidad territorial.
Con Información de www.diarioelcentro.cl








