Cuando se menciona el verano en Los Ángeles, rápidamente surgen imágenes de temperaturas que alcanzan los 40°. No obstante, también se evoca el clery, una bebida que ha estado presente en la historia local, ofreciendo un respiro en jornadas calurosas.
Más que una simple bebida refrescante, este icónico brebaje de vino blanco helado y frutillas maceradas ha evolucionado con el tiempo, convirtiéndose en un símbolo de encuentro, tradición y vida vecinal. Ha establecido un auténtico recorrido urbano que perdura en la memoria y en algunas de las picadas históricas de la ciudad.
El clery —acompañado casi siempre de su variante, el borgoña— no solo apacigua la sed en días calurosos, sino que también une generaciones y añade vida a las mesas en locales que fueron parte de la bohemia angelina. Aunque hoy puede encontrarse en restaurantes más elegantes, su esencia se mantiene viva en aquellos rincones populares donde el jarrón llega a la mesa con una cucharilla, esencial para disfrutar las frutillas que reposan en el fondo.
Uno de los atractivos del clery es el secreto de su elaboración. En ninguna picada se revela la receta exacta. Algunos mencionan frutillas maceradas durante horas, otros preparan almíbares caseros, añadiendo un toque de pisco o vinos locales. Cada local cuida celosamente su fórmula, muchas veces transmitida a lo largo de generaciones.
Esa particularidad ha contribuido a forjar una identidad en torno a esta bebida, elevándola de una simple mezcla veraniega a una verdadera tradición gastronómica local.
Picadas históricas que dieron vida a la “ruta del clery”
Un nombre imprescindible en este recorrido es el emblemático “Chancho Bustamante”, un establecimiento con más de 60 años de historia situándose en la esquina de Ercilla con Orompello, como relata el periodista local Juvenal Rivera. Ubicado en una casona de 1927, su relevancia ha sido parte del paisaje urbano y la memoria colectiva. Aunque algunos afirman que el sabor ha cambiado con el tiempo, el clery y el borgoña han sido parte de lo que ha perdurado durante años.
Otro punto clave de esta ruta es el casino de la Sociedad de Socorros Mutuos y Obreros, en calle Caupolicán, entre Colón y Almagro, donde los jarrones de clery siguen siendo parte fundamental de las mesas de sus asiduos. Esta tradición refuerza su carácter social, íntimamente ligado a la identidad obrera y comunitaria.
Para muchos conocedores, el mejor clery de Los Ángeles se encuentra un poco alejado del circuito habitual: “Donde Nano”, en Lord Cochrane 424. Este local, rodeado de grandes árboles y ubicado junto a una de las pocas calles adoquinadas restantes en la ciudad, destaca por la precisión en sus preparaciones.
En “Donde Nano”, el clery se sirve helado, ofreciendo un equilibrio perfecto entre dulzor y acidez. Las frutillas, frescas y locales, maduran rápidamente, dando lugar a un sabor más auténtico. La receta es simple: ni demasiado dulce, ni aguado ni espeso. Solo el equilibrio que los clientes buscan año tras año, como explica Juvenal Rivera.
Una tradición que perdura
Aunque en décadas pasadas eran muchos más los locales que ofrecían clery, actualmente solo permanece un grupo selecto de picadas que siguen apostando por esta tradición. Aprovechando productos locales y una forma de compartir que parece resistir al paso del tiempo.
La antigua ruta del clery en Los Ángeles no está señalizada ni aparece en mapas turísticos, pero sigue latiendo en quienes recuerdan esos veranos interminables, los jarrones compartidos y las charlas al ritmo de una ciudad que hallaba en la frescura de un vaso frío la excusa perfecta para reunirse.
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Con Información de elcontraste.cl








