Los Lagos

¿La corrupción se respira en el ambiente?

Guillermo Tobar Loyola

Director Nacional de Formación Integral

Universidad San Sebastián, sede De la Patagonia

En medio del escándalo por las licencias médicas, las fundaciones fraudulentas, el aumento del narcotráfico, la mentira, la violencia y manipulación —todas situaciones que son evidentes al encender la televisión, leer un diario o desbloquear el celular—, uno podría concluir que la corrupción, con su diversidad de formas, flota en el ambiente. Si está presente de manera tan omnipresente, parece menos grave, como si se tratara de un comportamiento normalizado.

Basta con recorrer las calles, utilizar el transporte público o intercambiar palabras con otros para notar, a veces con resignación, esa presencia intangible pero persistente. Normalizar ese “mal aire” es lo más dañino para el bienestar común, transformándolo en parte de nuestra rutina. Hannah Arendt lo expresó con claridad: “La triste realidad es que gran parte del mal es cometido por personas que nunca decidieron ser buenas o malas.”

La corrupción puede entenderse como una forma distorsionada de poder. Su origen latino, posse —“ser capaz de”—, ilumina esta idea: tanto la virtud como la corrupción brindan la capacidad de actuar. Sin embargo, mientras la virtud enriquece al individuo al alinear sus facultades hacia el bien, la corrupción lo degrada. Aunque parece un poder efectivo —como en el caso de la codicia o el engaño—, su ejercicio contradice la dignidad humana.

De esta manera, mientras que la corrupción puede actuar como un poder instrumental, nunca será moral. Ofrece una facilidad para la acción —sea a través de la astucia del corrupto o la autoridad del tirano—, pero se trata de una habilidad orientada hacia fines egoístas y destructivos. Desatiende tanto la razón práctica como la libertad bien ejercida. Es una falsa dominación, una competencia que encadena en lugar de liberar.

En este contexto, la corrupción se establece como una disposición interna constante hacia el mal. Representa una distorsión del hábito, donde la repetición de actos desordenados nubla la conciencia y controla la voluntad. No conduce al dominio personal, sino a una servidumbre interna. Aparenta ser fortaleza, pero es debilidad enmascarada por la eficacia. No constituye poder pleno, dado que no perfecciona al ser humano en su esencia racional y libre.

Es solo cuando el poder se orienta al bien —como sucede con la virtud— que se transforma en fuente de verdadera libertad. Usar conocimiento, palabra o autoridad para manipular o someter no es utilizar el poder, sino pervertirlo. Esta es la distinción fundamental entre el poder virtuoso y el corrupto: uno edifica y el otro destruye; uno libera y el otro somete. ¿Estamos dispuestos a purificar el aire?

 

The post La corrupción ¿está en el aire? appeared first on Osorno en la Red.

Con Información de osornoenlared.cl

Leave A Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *