La Población Galvarino en Los Ángeles no se creó como respuesta inmediata al sismo más potente de la historia reciente. Su génesis se remonta a un periodo anterior a la devastación que azotó gran parte del centro y sur del país.
En enero de 1960, cuando todavía nadie predecía la tragedia inminente, comenzaron las obras de construcción en los terrenos de la antigua Quinta Muñoz-Larrahona. Este sector, antes cubierto de eucaliptos y recordando el antiguo Balneario Quilque, se extendía entre calle Villagrán y la actual avenida Marconi, desde el callejón Núñez hasta calle Juan Muñoz.
La aspiración era ambiciosa: construir el conjunto habitacional más grande de Los Ángeles hasta ese momento. La Corporación de la Vivienda (Corvi) promovió un plan de casas colectivas de madera, de uno y dos pisos, diseñadas para atender una creciente demanda habitacional. Los planes para el alcantarillado y el agua potable estaban aprobados, solo quedaba la tarea de ganarle al tiempo, que ya estaba corriendo en su contra.
En esos primeros meses, la población era más bien un esqueleto urbano, el inicio de una idea sin una estructura clara. Solo había cuatro pasajes, hasta lo que hoy se conoce como pasaje Brasil, y una vía principal que era poco más que un callejón polvoriento: la actual calle Argentina, según relata José «Pepe» Riquelme, fotógrafo patrimonial de Los Ángeles.
El progreso avanzaba con la urgencia de una ciudad en expansión, sin anticipar que la historia daría un giro brusco. Aún más, cuando nadie estaba preparado para las jornadas fatídicas que marcarían a miles de chilenos.

Galvarino y el terremoto de 1960
Los días 21 y 22 de mayo de 1960, la tierra tembló con una fuerza sin precedentes en la época moderna. El terremoto transformó para siempre la vida en el sur de Chile, provocando un cataclismo y un posterior tsunami que causó caos, destrucción y miles de muertes en nuestra larga y estrecha franja de tierra.
Aunque la Población Galvarino aún no se había terminado, la necesidad social prevaleció sobre cualquier formalidad. Las viviendas comenzaron a ser ocupadas de manera urgente, incluso sin servicios básicos como electricidad y agua potable, ya que las familias necesitaban un hogar después de perderlo todo.
Fue en ese contexto, meses después del desastre, que se tomó una decisión que definiría la identidad del barrio. En septiembre de 1960, la Municipalidad de Los Ángeles, a instancias de la Comisión de Reconstrucción, acordó nombrar a sus calles con nombres de países. Esta no fue una decisión arbitraria, sino una forma concreta de agradecer la solidaridad internacional que llegó tras el terremoto y que resultó clave en la reconstrucción de la ciudad y del país, explica el periodista e historiador Juvenal Rivera.
Así, mientras las casas se habitaban a medio construir y la vida se abría paso en medio de carencias y esfuerzo, las calles comenzaron a adoptar nombres de naciones amigas, quedando grabados para siempre en el plano urbano y en la memoria colectiva.

La entrega oficial
El 16 de junio de 1962, la Dirección de Obras Municipales recibió oficialmente el conjunto habitacional, que contaba con un diseño único. Se trataba de 426 viviendas de madera, inicialmente conocidas como la Población de Emergencia «Aníbal Pinto». Sus primeros residentes eran familias numerosas, trabajadoras y honradas: profesores, empleados, comerciantes y trabajadores independientes. Con el tiempo, también llegaron militares y Carabineros, formando una comunidad diversa pero unida.
El origen del nombre “Galvarino” sigue siendo un misterio. No hay registros claros que expliquen por qué la población abandonó su denominación inicial. Lo que sí está claro es el significado de sus calles: un homenaje permanente a los países que ayudaron a Chile a levantarse después de la catástrofe.
Hoy, más de seis décadas después, la Población Galvarino ha logrado consolidarse como un barrio respetado en Los Ángeles. Sus calles pavimentadas, áreas verdes, una hermosa plaza, un centro comercial y una escuela, así como un Cescof, son el resultado del esfuerzo constante de generaciones de vecinos que hicieron suyo el lugar.
La Galvarino no solo narra una historia de terremotos y reconstrucción. Es, sobre todo, una historia de gratitud, esfuerzo y memoria. Una historia que se refleja en cada letrero de calle y que recuerda, en silencio, que incluso en los momentos más difíciles, la solidaridad puede quedar permanentemente inscrita en el trazado de una ciudad.
Con Información de elcontraste.cl







