Jorge Navarrete Bustamante. Doctor en Procesos Sociales y Políticos.
Para iniciar una conversación virtual, una pregunta fundamental podría ser: «¿Por qué tengo responsabilidades morales hacia los demás seres humanos, sin excepción?»
Grandes pensadores han abordado esta cuestión de diversas formas. Por ejemplo, Hirschmann sugiere que actúan en función del interés propio, alineándose con lo que Maquiavelo y Hobbes describirían como «el interés más fuerte». Otros, como Adam Smith y John S. Mill, abordan el tema desde la perspectiva de los sentimientos sociales. Scheler y Ortega enfatizan que los seres humanos poseen la capacidad de valorar, mientras que los kantianos señalan que cada persona debe ser vista como una ley, así como yo me reconozco a mí mismo (Christine Korsgaard).
Es importante reconocer que estas teorías contienen verdades valiosas, aunque también tienen importantes limitaciones, sobre todo en su lucha contra el individualismo.
En oposición a esta perspectiva individualista, surgen propuestas éticas como la «Teoría del Discurso» de Habermas y Karl Otto Von Apen (influenciados por Kant) en el marco de la Teoría Crítica, desarrollada por pensadores como Max Horkheimer, Adorno, Honneth, Benjamin, Marcuse, y Fromm. Estos autores destacan la importancia del reconocimiento mutuo entre individuos como elemento central de la vida social y personal, lo que nos permite responder a la pregunta inicial de esta columna.
Mi inclinación hacia la «Teoría del Discurso» radica en su capacidad para mostrar que todos los seres que poseen competencia comunicativa están interconectados. Es decir, cada uno que participa en la comunicación y el argumentar, reconoce que cada ser con esta competencia es un interlocutor válido, con quien comparte un vínculo comunicativo, lo que implica ciertas responsabilidades mutuas; crea una ligatio que nos ob-liga internamente, y no por imposición externa.
Von Apen lo expresa de esta manera: cualquier persona que argumenta de manera seria (basada en una normativa ética fundamental, en lugar de una mera preferencia impulsada por deseos) reconoce que:
«Todos los seres capaces de comunicación lingüística deben ser considerados personas, ya que en todas sus acciones y expresiones son interlocutores potenciales, y la justificación del pensamiento no puede ignorar a ningún interlocutor y sus contribuciones a la discusión»
Por lo tanto, todos aquellos dotados de competencias comunicativas deben ser reconocidos como personas para que nuestras interacciones tengan sentido. Tal reconocimiento implica que:
- Los interlocutores tienen igual derecho a justificar su pensamiento y a participar en la discusión.
- Todos los que se ven afectados por la norma en discusión tienen derecho a que sus intereses sean considerados al evaluar la validez de la norma.
- Quien busque genuinamente determinar si una norma es correcta debe estar dispuesto a participar en un diálogo donde se procederá solo por la fuerza del «mejor argumento».
- El mejor argumento es aquel que satisface intereses universalizables.
El descubrimiento del vínculo comunicativo deslegitima cualquier individualismo atomista que se limite a “lo que a mí me conviene” o que opte por un enfoque egoísta, ya que el reconocimiento mutuo es lo que nos constituye como personas. Por eso hablar de obligaciones recíprocas, permite desarrollar una ética cordial para “materializar aquellos ideales” que consideramos, en conciencia y bajo un criterio intersubjetivo, que deben ser alcanzados.
Un ejemplo podría ser entender que el derecho del interlocutor axiológico es un derecho «humano», que debe manifestarse en «derechos pragmáticos», inherentes a «derechos morales», como: el derecho a que su vida sea respetada, la libre expresión y la formación de una conciencia, y acceder a un nivel material y cultural que permita a los interlocutores potenciales participar en diálogos de manera equitativa.
La norma fundamental de la ética del discurso establece que: «Cualquiera que argumente seriamente debe someter la norma a un diálogo en las condiciones más próximas posibles a la simetría».
En este contexto, en un diálogo con condiciones simétricas, aquel que busque la justicia, y esté dispuesto a descubrir lo que es justo, tiene la responsabilidad de defender los derechos humanos y las capacidades básicas de todos los involucrados; esto entraña un principio de corresponsabilidad y el empoderamiento de las capacidades del interlocutor para facilitar diálogos fructíferos sustentados en una ética del compromiso, expresión de una razón cordial.
Finalmente, es fundamental recordar que quien carezca de la capacidad para valorar la justicia, difícilmente se comprometera a argumentar de forma seria. Quien interactúa “en serio” lo hace movido por un marco de valores, nunca desde deseos egoístas, buscando satisfacer intereses universalizables. ¿Es claro por qué el engaño, la codicia, el fanatismo, la discriminación, el “espíritu de camarilla”, la prepotencia, la violencia y el genocidio son condenables?
El texto original se puede encontrar en Filosofía: Valorar al prójimo, publicado en Diario El Centro.
Con Información de www.diarioelcentro.cl








