Los Lagos

Es momento de un «nosotros ético».

Guillermo Tobar Loyola

Director Nacional de Formación Integral

Universidad San Sebastián Sede De la Patagonia

La dimensión moral en la vida humana se refiere a nuestra capacidad de discernir entre el bien y el mal, así como a la libertad responsable, la justicia, la solidaridad y la integridad personal. Esta dimensión permite a las personas tomar decisiones en favor del bien, construir una vida virtuosa y guiar su comportamiento de acuerdo con principios universales. De esta manera, el comportamiento ético no es un aspecto secundario, sino el camino hacia la realización plena del ser humano.

La moralidad, en este contexto, trasciende un mero conjunto de normas externas, constituyendo en cambio una disposición interna que puede sintetizarse en hacer el bien, respetar a los demás y fomentar una convivencia justa. Según Fernando Savater, tras años de estudio sobre ética, esta se puede resumir en tres virtudes: “coraje para vivir, generosidad para convivir y prudencia para sobrevivir”.

Así, la dimensión moral es inherentemente relacional; nadie puede ser moral en aislamiento. Como expresó el poeta inglés del siglo XVII, John Donne: “ningún hombre es una isla”, lo que resalta nuestra conexión intrínseca como seres humanos. En el siglo XXI, Nuccio Ordine retomó esta misma idea en su obra Los hombres no somos isla, indicando que entender estas interconexiones es fundamental para cultivar empatía y sentido de comunidad en una era marcada por el individualismo, la desigualdad y el aislamiento.

En el mundo contemporáneo, caracterizado por avances científicos, tecnológicos y la rápida evolución de la Inteligencia Artificial (IA), la reflexión sobre la convivencia humana cobra una urgencia especial. Nunca antes la humanidad había contado con herramientas tan poderosas, capaces de transformar nuestras relaciones, economías y estilos de vida.

No obstante, la fuerza de la IA también presenta peligros éticos considerables: la manipulación de la información, la suplantación de identidad mediante deepfakes, la invasión de la privacidad y la posibilidad de engañar con la voz o la presencia de una persona. Estos riesgos no son meramente técnicos, sino que afectan profundamente la confianza, la verdad y, en última instancia, la dignidad humana.

Por ello, más que nunca, necesitamos un “nosotros ético”, que represente una conciencia colectiva guiando el uso de la tecnología hacia el bien común. La IA, en lugar de dividir o deshumanizar, debe servir a la vida, la justicia y la fraternidad. Es esencial recordar que la tecnología carece de brújula moral; somos nosotros, los seres humanos, quienes debemos dirigirla, asumiendo nuestra responsabilidad con las generaciones presentes y futuras. Solo a través de una ética compartida podremos construir una sociedad en la que los avances tecnológicos no se conviertan en amenazas, sino en oportunidades para una vida más plena y verdaderamente humana.

Con Información de osornoenlared.cl

Leave A Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *