Monseñor Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua.
Cada octubre, la Iglesia dedica un tiempo especial para alabar y bendecir a Dios, así como para orar por la labor misionera que le es encomendada. El propósito de la Iglesia es llevar a cabo la evangelización, que implica anunciar al mundo la buena nueva de la resurrección de Cristo, proclamando su nombre, enseñanzas, vida, promesas, reino y el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios.
Después de su resurrección, Jesús se reúne con sus discípulos y les envía a todos los rincones del mundo para que hagan discípulos entre todas las naciones. Él se compromete a acompañarlos en esta misión. La belleza y la verdad deben expandirse, y no hay mejor manera de hacerlo que enseñando y proclamando la fe que hemos recibido. ¿Qué podría ser más hermoso y verdadero que esta fe? Su crecimiento ocurre a través de la compartición.
Ahora, a nosotros, que hemos conocido al Señor y creemos en Él, nos corresponde llevar su mensaje a aquellos que aún no lo conocen, así como a las nuevas generaciones. La evangelización se convierte en una respuesta adecuada a la crisis de esperanza que enfrentan las generaciones actuales. No hay nada más gratificante, sanador y que brinde seguridad que sentir el amor de Dios, reconocer que estamos en sus manos, que Él cuenta con nosotros para transformarlo todo, y que estamos llamados a un destino glorioso. Es nuestra misión ayudar a las personas a descubrir el verdadero rostro de Dios. Este es el desafío fundamental que enfrentamos como creyentes: ser discípulos misioneros que comunicamos con gratitud y alegría la fe que consideramos un invaluable tesoro. Debemos ser instrumentos del Espíritu de Dios, para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado y anunciado a todos.
En este Domingo Universal de Misiones, asumamos nuestra responsabilidad de orar por los misioneros que, a menudo dejando atrás su patria y familia, se aventuran a diversas partes del mundo para proclamar a Jesucristo y su presencia entre nosotros. Contribuyamos económicamente para apoyar las obras de caridad que la Iglesia lleva a cabo, especialmente en los lugares más empobrecidos y desatendidos del mundo. También seamos conscientes de que cada uno de nosotros, aquí y ahora, puede ser un misionero del evangelio, cuidando nuestra fe en nuestros hogares y familias, orando e invitando a otros a orar, hablando de Jesús a quienes nos rodean y mostrando la alegría de la fe. Sí, nuestros ambientes actuales también son lugares de misión.
En nuestra región, hace más de 450 años que comenzó la difusión del evangelio, y la influencia cristiana y católica en nuestra gente es innegable. Por eso, al conmemorarse el centenario de nuestra diócesis de Rancagua, es necesario renovar el espíritu y fervor misionero que nos lleve a anunciar a Jesucristo y la alegría de ser católicos. Que en el corazón de los hijos e hijas de esta tierra no falte la esperanza, la fortaleza y la perseverancia para proclamar que: Conocer a Jesucristo por la fe es nuestra alegría; seguirlo es un don.
Que Dios les bendiga.
Con Información de www.elrancaguino.cl