Iván Palomo G es el director del Centro de Longevidad VITALIS en la Universidad de Talca y del Centro Interuniversitario de Envejecimiento Saludable (CIES-CUECH). Además, es coordinador de la Red Interuniversitaria de Envejecimiento Saludable de Latinoamérica y el Caribe (RIES-LAC / COMLAT-IAGG) e integrante de la directiva de la Sociedad de Geriatría y Gerontología de Chile (SGGCH).
Chile, al igual que otras naciones, está atravesando un acelerado proceso de envejecimiento poblacional. Para 2050, se proyecta que uno de cada tres chilenos será mayor de edad. Si bien la expectativa de vida ha aumentado, surge la pregunta: ¿se vive con salud, autonomía y bienestar? La respuesta depende de varios factores, siendo el peso corporal uno de los más relevantes. Mantener un índice de masa corporal (IMC) en un rango adecuado es una de las estrategias más costo-efectivas para lograr un envejecimiento saludable.
El IMC se calcula dividiendo el peso en kilogramos por el cuadrado de la estatura en metros. En adultos, se considera un IMC normal aquel que oscila entre 18,5 y 24,9; valores superiores indican sobrepeso u obesidad, y valores inferiores, bajo peso.
Tanto el exceso como el déficit de peso conllevan múltiples problemas de salud. El sobrepeso y la obesidad aumentan el riesgo de hipertensión arterial, diabetes tipo 2, dislipidemias, enfermedades cardiovasculares y varios tipos de cáncer. En la vejez, también se relacionan con menor movilidad, mayor dolor articular debido a la artrosis y un mayor riesgo de dependencia funcional. Por otro lado, el bajo peso o la pérdida excesiva de masa muscular (sarcopenia) aumentan la fragilidad, el riesgo de caídas, fracturas y hospitalizaciones. En ambos casos, la consecuencia es la misma: se reduce la autonomía y la calidad de vida.
Mantener el IMC en un rango normal trae beneficios para varios sistemas: (i) Salud cardiovascular: disminuye la presión arterial y mejora el perfil lipídico, reduciendo la probabilidad de infarto o accidente cerebrovascular; (ii) Ámbito metabólico: mejora la sensibilidad a la insulina y ayuda a prevenir la diabetes; (iii) Sistema musculoesquelético: alivia la carga en las articulaciones y protege la movilidad, favoreciendo así la independencia; (iv) A nivel oncológico: minimiza el riesgo de desarrollar ciertos tipos de cáncer (como el de colon, mama y endometrio); y (v) Salud mental: mejora la autoestima y la vida social, disminuye el riesgo de depresión y favorece un mejor sueño.
Es crucial evitar los extremos: ni la obesidad que genera comorbilidades, ni el bajo peso que incrementa la vulnerabilidad. La clave está en el equilibrio entre una alimentación saludable y actividad física. Seguir una dieta rica en frutas, verduras, proteínas de calidad y granos integrales, mientras se reduce el consumo de ultraprocesados, grasas saturadas y azúcares, es fundamental. También se recomienda realizar al menos 150 minutos de actividad física de intensidad moderada a la semana, combinando ejercicios de fuerza, lo que contribuye a preservar la masa muscular y el metabolismo basal.
Existen condicionantes sociales y ambientales que dificultan adoptar hábitos saludables: el alto costo de alimentos frescos, la proliferación de ultraprocesados, la falta de espacios seguros para hacer ejercicio y la inequidad en el acceso a controles médicos. Por ello, la decisión personal no es lo único que influye; se requieren políticas públicas que promuevan entornos alimentarios más saludables, programas comunitarios de ejercicio adaptados a personas mayores y campañas educativas que subrayen la importancia de mantener un peso saludable a lo largo de la vida.
Controlar el peso corporal es mucho más que una cuestión estética; es crucial para prevenir enfermedades, proteger la autonomía y garantizar un envejecimiento de calidad.

Con Información de www.diarioelcentro.cl







