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El prejuicio hacia el mundo evangélico: Una crítica desde la rigurosidad académica.

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El libro “En el nombre de Cristo”, de María Olivia Mönckeberg, pretendía ser una radiografía crítica del llamado “poder evangélico” en Chile. Sin embargo, el resultado es un texto poco consistente, basado en entrevistas sueltas y carente de metodología rigurosa. Así, en lugar de ofrecer una mirada profunda, la obra se pierde en generalizaciones erráticas.

La periodista comete un error básico: toma como homogéneo un movimiento
religioso que, en realidad, es súper diverso en doctrinas, prácticas y orientaciones
políticas. Entrevista a personas que no tienen experiencia académica ni conexión real
con el mundo evangélico y deja de lado voces autorizadas y documentadas. Así, se arma un discurso que simplifica lo complejo y desinforma a quienes buscan entender.

En mi caso, me menciona como si compartiera posturas doctrinales con
grupos como “Águilas de Jesús”, lo cual es completamente inapropiado. Cualquier
observador informado del ámbito evangélico sabría que nuestras posiciones son
muy distintas y difícilmente conciliables. Por lo tanto, usar mi nombre sin entender el
contexto refleja una falta de rigurosidad investigativa.

El texto tampoco profundiza en la dimensión política del fenómeno evangélico
chileno, especialmente en lo que la literatura contemporánea llama
“desprivatización religiosa”. Investigaciones nacionales e internacionales han analizado
este fenómeno, señalando cómo las iglesias han dejado de lado su tradicional apoliticismo para entrar al espacio público. Pero Mönckeberg ignora este corpus bibliográfico, como si recién estuviera mirando el fenómeno desde su cuaderno de notas.

Más grave aún es que carece casi por completo de citas bibliográficas, académicas o
especializadas, lo que le quita al texto todo sustento científico. La periodista no
habla con sociólogos, historiadores ni teólogos que han abordado el mundo
evangélico de manera rigurosa y crítica. Por lo tanto, el lector queda atrapado en un
mar de testimonios subjetivos y no contrastados.

En cuanto a la categorización doctrinaria, el libro comete un error
imperdonable al equiparar a los evangélicos con grupos como mormones, testigos de
Jehová y adventistas. Estas agrupaciones, aunque compartan ciertas prácticas externas,
no forman parte del protestantismo evangélico histórico, ni teológica ni organizativamente. Así, esta omisión revela un desconocimiento básico del
tema.

Uno de los pocos aciertos del libro —aunque mal desarrollado— es señalar el cambio
de algunos sectores evangélicos hacia posturas más conservadoras. Pero ni siquiera este fenómeno
es contextualizado de forma adecuada: la autora lo atribuye a un fanatismo religioso, sin captar su raíz social y política. Porque, en efecto, el éxodo de la izquierda por parte de los pobres y su reemplazo por causas identitarias ha generado un quiebre real y profundo.

El giro evangélico no responde a un amor repentino por la derecha, sino a una defensa de
principios ligados a la familia, la vida y la libertad de conciencia. Al ver amenazados estos valores por una agenda progresista que les resulta ajena,
muchas iglesias han optado por resistir. Por lo tanto, la politización del mundo evangélico es más una reacción cultural, que un alineamiento ideológico cerrado.

Uno de los capítulos más débiles es el que toca la influencia del evangelicalismo
estadounidense en América Latina, que apenas toca un tema de gran complejidad y
riqueza analítica. Hay harto material sobre cómo este influjo ha sido adaptado,
resistido y reformulado por las iglesias locales, generando formas híbridas de
cristianismo político. Pero en este punto también Mönckeberg se limita a repetir
estereotipos, sin ahondar en ninguna fuente académica disponible.

La cuestión del diezmo se trata de manera muy deficiente, pues se reduce a
testimonios emocionales sin cruce empírico o análisis doctrinal. No se distingue entre iglesias neopentecostales de corte carismático y las históricas que hacen del diezmo un principio voluntario y ético, no obligatorio. En resumen, se presenta una caricatura de la economía religiosa, sin matices ni contexto sociológico.

Finalmente, si el “poder evangélico” fuera tan real y estructurado como sugiere el título del libro, ese movimiento pertenecería a la élite cultural y económica del país. Pero la verdad es que el mundo evangélico en Chile sigue siendo, en su mayoría, popular,
precario y con poca presencia institucional. Por lo tanto, hablar de poder sin considerar la estratificación social es ignorar los fundamentos básicos de la sociología política.

En definitiva, el libro de Mönckeberg no solo falla en su intento de comprender al
mundo evangélico, sino que comete graves errores en forma y contenido. Su
metodología es débil, su marco conceptual inexistente y su selección de fuentes
arbitraria. Así, más que un trabajo periodístico serio, parece una acumulación de
prejuicios disfrazada de investigación.

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Luciano Silva, teólogo, ex convencional constituyente

Con Información de radioportales.cl

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