Escrito por Francisco Donoso Tagle, Presidente de la CChC O’Higgins.
La Región de O’Higgins se encuentra en un momento crucial. El Plan Nacional de Infraestructura Pública (PNIP) 2025–2055 se ha presentado como una oportunidad única para transformar nuestro territorio en un lugar más sostenible, inclusivo y resiliente. Sin embargo, lo que hoy resuena en las calles, en los municipios y en las comunidades es la sensación de estar “detenido” o “atrasado”.
De las más de 1,290 iniciativas proyectadas en la región, con una inversión aproximada de $9,68 billones, una parte considerable no avanza. Estas iniciativas han quedado atrapadas en la burocracia y, lo que es más preocupante, en la brutal realidad de la falta de financiamiento público. No es que falten diagnósticos o proyectos; lo que falta es financiación real.
Los proyectos como la doble vía de la Carretera El Cobre, la extensión de Escrivá de Balaguer, la esperada Ruta de la Fruta o la conexión Rancagua–Machalí son estratégicos y prometen, en teoría, transformar nuestra región. Sin embargo, en la práctica se han convertido en símbolos de la frustración ciudadana: anuncios reiterados, primeras piedras fotográficas, promesas no cumplidas y comunidades que aún aguardan soluciones efectivas a problemas urgentes.
La infraestructura no es un lujo, es un derecho esencial que garantiza conectividad, productividad y calidad de vida. Detener obras por falta de financiamiento condena a la Región de O’Higgins a una parálisis estructural en su desarrollo: seguimos lidiando con carreteras congestionadas, ciudades mal conectadas y brechas territoriales que se agravan.
La inercia actual erosiona la confianza pública. ¿De qué sirve hablar de sostenibilidad, adaptación al cambio climático o protección del patrimonio si no se puede garantizar el presupuestario para finalizar lo que se inicia? La infraestructura sostenible se convierte en una simple retórica si el cemento nunca llega a la práctica.
El PNIP prometía un futuro de integración, habitabilidad y resiliencia. Hoy nos enfrentamos a la pregunta de si la región podrá cumplir esa promesa o si se quedará atrapada en un ciclo de proyectos eternamente anunciados, pero jamás ejecutados.
La infraestructura es el motor del desarrollo regional, pero en O’Higgins, ese motor está funcionando en neutro. Si no logramos que los proyectos detenidos obtengan el financiamiento necesario, el futuro no será de modernidad y competitividad, sino de rezago y desencanto.
O’Higgins no requiere más discursos, necesita presupuestos concretos. El verdadero desafío no consiste en planificar hacia 2055, sino en cumplir hoy con lo que se prometió ayer.
Con Información de www.diarioelpulso.cl








