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El caso de Mane Swuett y la violencia oculta por Paola Medina

El caso de Mane Swuett y la violencia que no se ve por Paola Medina

El fallo que dejó a la actriz María Elena Swett sin la custodia de su hijo reabre un debate sobre una herida social poco vista en nuestra sociedad: la Violencia Vicaria y el Desarraigo Parental. Este tema, que afecta mayoritariamente a las mamás, también impacta a los papás, quienes sufren el despojo de sus hijos, evidenciando un sistema que falla en proteger los lazos familiares.

La reciente decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos de no aceptar la solicitud de María Elena Swett por la custodia de su hijo no solo cierra una batalla legal, sino que también abre una discusión necesaria: ¿Qué tan listos estamos como sociedad para entender el daño emocional que hay detrás de los conflictos familiares?

Más allá de la notoriedad mediática, este caso refleja una realidad que enfrentan cientos de familias chilenas. Relaciones que se quiebran, lazos que se desgastan y niños que quedan atrapados en disputas donde se instrumentaliza el amor y se judicializa el afecto. En ese proceso, lo que en un principio pretendía ser protección, puede transformarse en control o castigo.

En mi investigación sobre Violencia Vicaria y desarraigo materno, he constatado cómo los hijos, a menudo sin quererlo, se convierten en mensajeros del rencor de los adultos. Se les induce a desconfiar, a rechazar, a borrar parte de su historia emocional. Esa manipulación sutil, que no deja marcas visibles, pero sí profundas heridas, es una forma de violencia que resulta complicada de identificar y que, frecuentemente, el sistema invisibiliza.

Aquí entra el concepto de Violencia Vicaria, una modalidad de violencia psicológica donde el progenitor utiliza a los hijos para hacer daño emocional a la madre. Se manifiesta a través de la dificultad en mantener el contacto, distorsionando la narrativa afectiva o fomentando el rechazo. Aunque su reconocimiento jurídico aún es limitado, el impacto psicológico es devastador: Madres despojadas del vínculo, niños atrapados en el conflicto y un Sistema Judicial que no logra intervenir de forma efectiva.

Tal como afirmó Catherine Rojas, Directora Social de Mujeres Líderes Políticas: “Cuando un niño aprende a rechazar a un progenitor debido a la influencia del otro, no solo se afecta a la figura adulta, sino también a la estabilidad emocional del menor, dejando huellas irreparables”. Esa frase resume la seriedad del problema: Cuando el amor se convierte en campo de batalla, todos salen perjudicados.

Sin embargo, el desarraigo parental no es exclusivo de un solo género. También hay padres que viven el dolor de ser apartados injustamente de sus hijos, víctimas de dinámicas similares de manipulación emocional. Aunque la Violencia Vicaria, por definición, se ejerce hacia las madres, el fenómeno del despojo filial trasciende género, clase social y color político. Es un problema que nos involucra a todos como país.

El sufrimiento del desarraigo —ya sea de una madre o de un padre— se asemeja a arrancarle las raíces a un árbol y esperar que siga floreciendo. Un hijo sin una de sus figuras parentales crece con parte de su historia mutilada. Y sin historia, no hay identidad. Sin verdad, no hay crecimiento.

Por eso, más allá de lo que diga la ley, el desafío es cultural y ético: Aprender a crecer en verdad, en familia, aunque los padres estén separados. Que los niños puedan amar sin miedo, sin lealtades impuestas ni silencios forzados. Que ambos progenitores tengan la oportunidad de acompañar y educar desde el respeto y la cooperación, no desde la lucha y la venganza.

El caso de Mane Swett, en definitiva, nos lleva a mirar de frente una falla estructural: Un sistema y sus organismos relacionados a Mejor Niñez que no funcionan, que no protegen los lazos familiares y que muchas veces revictimizan a quienes buscan justicia.

La Violencia Vicaria no es solo una manifestación más de este entramado fallido: es su rostro más cruel y su evidencia más contundente. Representa el momento exacto donde el sistema deja de proteger y empieza a hacer daño, donde la indiferencia institucional se convierte en cómplice del despojo emocional.

Porque cuando un hijo es separado de uno de sus padres, no solo se apaga una voz en su vida: se extingue una parte de su historia. Y cuando el sistema no lo reconoce, toda la sociedad se vuelve cómplice de ese silencio.

Paola Medina Amaro
Periodista
Certificada en gestión y necesidades especiales escolares e investigadora sobre la Violencia Vicaria en Chile

Con Información de portalmetropolitano.cl

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