Metropolitana

Aprendizaje fuera del colegio

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Por el Dr. Jaime Fauré, investigador de la carrera de Psicopedagogía en la Universidad Andrés Bello.

Septiembre en Chile huele a empanadas, suena a cueca y se pinta con volantines —aunque cada vez más escasos, la verdad— que cruzan el cielo. Las fiestas patrias son, para muchos cabros chicos y jóvenes, una pausa esperada en la rutina escolar; una semana donde los patios se llenan de juegos, los parques de familias y las calles de música.

Si bien estos días son de descanso, también son una tremenda oportunidad de aprender sin la presión típica del cole, y más allá de lo que se enseña en clases, rescatando lo que nos une como comunidad y lo que entendemos por patrimonio cultural.

En un sistema educativo que asocia aprendizaje con pruebas y resultados, no siempre nos damos cuenta de que los cabros chicos siguen aprendiendo incluso sin cuadernos ni profes al frente. Aprenden al ver a sus papás preparar una receta tradicional, participando en un juego en la plaza, o cantando con la familia canciones que han pasado de generación en generación. Cuando viven y reviven la historia. Aprenden, sobre todo, cuando la curiosidad y el disfrute son el motor de la experiencia.

Las fiestas patrias ofrecen mil escenarios para este tipo de aprendizaje. Por ejemplo, hablemos de los juegos típicos. La rayuela no es solo lanzar tejos. También es una forma de ejercitar la coordinación, de experimentar la importancia de ser preciso y de aprender reglas comunes que permiten que todos disfruten del juego. El trompo, más allá de la habilidad que exige, enseña paciencia, práctica y esa satisfacción de ver cómo un esfuerzo se convierte en un movimiento bello. Incluso el juego de la silla, tan común en las fondas y patios, transmite la experiencia de compartir y de competir en un ambiente de respeto y risa.

Pero el aprendizaje en estas celebraciones no se queda solo en lo lúdico. Hay mucho en la comida, desde preparar una empanada que se convierte en una lección sobre medidas y tiempos de cocción, hasta los bailes, donde la cueca deja de ser una simples obligación escolar y se transforma en una experiencia viva de historia, identidad y expresión corporal. También está en los relatos orales, en los dichos y refranes que surgen en las conversaciones familiares, que no solo transmiten palabras, sino visiones de mundo, valores y formas de relación.

A lo que apuntamos con estas celebraciones es a reafirmar y seguir construyendo el patrimonio. No estamos hablando de un patrimonio guardado en vitrinas o museos, sino de un patrimonio vivo, que se siente en cada ramada, en cada fonda, y en cada familia que se junta alrededor de una mesa a disfrutar un asadito. El patrimonio es lo que nos permite reconocernos en un «nosotros», lo que hace que cada niño y cada niña entienda que, más allá de sus diferencias, hay una historia y prácticas comunes que nos mantienen conectados. En este sentido, las fiestas patrias son mucho más que una pausa en el calendario escolar; son un aula abierta, un recordatorio de que lo que nos une como comunidad siempre está en movimiento, siempre disponible para ser aprendido y recreado una y otra vez.

No se trata de transformar estos días en una clase paralela ni de imponer actividades educativas disfrazadas de diversión. Lo que hay que hacer es dejar espacio para que la curiosidad surja naturalmente. Cuando un cabro pregunta por qué se iza la bandera o cuándo comenzó la tradición de las ramadas, no necesita una respuesta enciclopédica, sino la oportunidad de conversar, imaginar y conectar con el sentido de lo que se celebra junto a las historias de nuestros abuelos, tías y mamás. Y si una niña quiere aprender a bailar cueca, no necesita una nota al final, sino alguien dispuesto a enseñarle los pasos y a reírse con ella en el proceso.

En un tiempo donde la escuela parece enfocarse más en los resultados y menos en los procesos, las fiestas patrias nos recuerdan que aprender también se trata de disfrutar, de comunidad y de identidad. Y que el patrimonio —ese conjunto de prácticas, saberes y símbolos que compartimos— no se transmite mejor que en una mesa familiar, en una plaza llena de volantines o en un grupo de niños jugando a la cuerda.

Quizás, al final, la mayor lección de estas fiestas para niños y jóvenes sea esa. Que el aprendizaje no siempre ocurre entre cuatro paredes, ni necesita estar acompañado de pruebas y notas. Que a veces basta con abrirse al entorno, dejarse llevar por la pasión y disfrutar de lo que nos une. A veces solo necesitamos escuchar con los ojos cerrados y el oído atento. Y que cada volantín que vuela, cada cueca bailada y cada empanada compartida son, también, pequeñas semillas de comunidad que deben seguir creciendo mucho después que las fiestas terminen.

Con Información de portalmetropolitano.cl

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