La organización no gubernamental Foro Penal, dedicada a la promoción y defensa de los derechos humanos en Venezuela, reportaba aproximadamente 1,000 detenidos por motivos políticos hasta el 15 de julio de 2025. Este número disminuyó en varias decenas en las semanas recientes, tras un acuerdo de intercambio de prisioneros entre los gobiernos de Maduro y EE.UU.
Tanto la oposición como diversas ONGs sostienen que las detenciones son el resultado de una persecución política, algo que el gobierno venezolano rechaza.
Miguel, quien se sintió amenazado por el riesgo de ser arrestado tras verse involucrado en unas acusaciones relacionadas con un video que compartieron amigos criticando el proceso electoral, relata que recibió varias llamadas amenazantes.
Con sus escasos ahorros, se trasladó a Madrid y alquiló una habitación en un apartamento compartido, pero esa situación no duró mucho.
«El chico que me alquiló el cuarto me engañó y me robó el dinero. Me quedé en la calle el mismo día de fin de año«, relata.
Así, empezó su 2025 durmiendo en el suelo del aeropuerto de Barajas, donde lleva siete largos meses, aunque sin perder el optimismo: «Estoy mejor. Al menos conseguí un trabajo, aunque me pagan en negro«.
Trabaja como repartidor de paquetes de lunes a viernes. Sus cinco horas de jornada las realiza a pie, empujando un carrito. Todo este esfuerzo le rinde aproximadamente 250 euros (US$293) al mes.
Ese dinero lo administra como puede: una parte va al alquiler de un pequeño trastero, otra para el transporte dentro de la ciudad y otra para la tarjeta del móvil, vital para comunicarse con su familia.
«Lo que me queda son unos 145 euros (US$170) para comida y ahorro«, explica, mientras se come una palomita de maíz: «Esto es mi cena. Lo como varias veces por semana, es barato y me sacia».
Desde que duerme en el aeropuerto, Miguel se impuso tres reglas: al menos intenta hacer una comida diaria, se baña tres veces por semana en baños públicos y, si no trabaja, sale a caminar para respirar aire fresco.
«Lo hago para evitar que afecte mi mente. Son tres cosas básicas, pero si dejara de hacerlas, me harían pensar que estoy en la indigencia, y no es así. Esto es temporal«, dice.
María, también venezolana y de 68 años, recibe unas galletas que le dan unas chicas de una ONG. «Aquí compartimos, porque todos estamos en la misma situación», dice.
No tarda en expresar su deseo por el futuro: «Yo ya quiero regresar a mi país».
En Venezuela, María era enfermera y tenía una panadería que dejó alquilada. Viajó a España en busca de un mejor tratamiento médico para su hijo, que es autista.
«Al aterrizar, mi hijo se enfermó y gasté todos mis ahorros en medicinas«, cuenta.
Llegó hace cinco meses como turista, pero debido a la situación se tuvo que quedar. «Es difícil conseguir trabajo y no puedo dejar a mi hijo solo», explica.
Intentó dormir en albergues, pero finalmente terminó en Barajas. Junto a su hijo, duerme al final del pasillo. Sus pertenencias se limitan a dos esterillas, unas sábanas, algunas maletas y bolsas. «Prefiero dormir aquí que en la calle. Es más seguro porque hay vigilancia, baños y es tranquilo. Al final, uno se acostumbra».
Al igual que Miguel, mantiene algunas normas, como asearse cada noche con un balde y lavar la ropa. «Es importante tener dignidad, incluso en esta situación», añade.
Ahora ha solicitado repatriación con la asistencia de una ONG. «Creo que pronto podré volver a casa, ya tengo casi todos los documentos».
María y su hijo comparten su espacio junto a una mujer española que, mientras conversan, duerme.
«Nos hemos hecho amigas. Ella está muy sola y desorientada. Tiene tres hijos, pero ha tenido problemas con drogas y yo le ayudo, le doy consejos y hablamos mucho», dice María con ternura, mientras agarra la mano de su hijo, a quien no ha soltado en ningún momento.
Aunque en este momento el calor castiga Madrid, la razón principal que provocó el aumento de migrantes y personas sin hogar en Barajas fue el frío y la lluvia ocurridos en marzo pasado.
«Aunque desde hace años hay personas sin hogar en Barajas, lo que ocurrió en marzo fue sorprendente«, comenta un voluntario.
Ante la afluencia de personas, un conjunto de organizaciones sociales y religiosas bajo el nombre «Mesa por la Hospitalidad», elaboró un informe donde contabilizaron entre 200 y 400 personas diarias durmiendo en Barajas.
«No defenderé a quienes duermen en el aeropuerto, porque hay personas problemáticas que buscan confrontaciones. Pero son las menos. La mayoría solo quiere descansar», reitera Miguel.
El informe señala que el 38% de estas personas tienen empleo, pero no pueden costear el alquiler. El 46% proviene de América Latina, mientras que un 26% son nacionales.
El estudio también destaca que quienes duermen en el aeropuerto incluyen migrantes, personas sin hogar, jubilados, individuos con empleos precarios y aquellos con problemas de salud física y mental.
Sin embargo, estos datos ya no reflejan la situación actual en Barajas. Con la llegada del buen clima, el número de personas que pernoctan allí ha disminuido considerablemente, en parte debido a las medidas de Aena, como el cierre de puertas y la apertura del albergue.
«Se supone que debemos ir a este albergue, pero no me aceptan por mi condición de asilado político«, expresa Miguel, visiblemente frustrado.
Desde el Ayuntamiento de Madrid se aclara que solo pueden alojarse en el albergue quienes están empadronados en la ciudad o quienes hayan sido atendidos previamente por los servicios sociales municipales.
En el caso de los asilados políticos, la gestión corresponde al ministerio de Migración, según el área de políticas sociales del Ayuntamiento, refiriéndose a la situación de Miguel.
Mientras tanto, organizaciones sociales piden una mayor implicación y coordinación de todos los actores involucrados: el Ayuntamiento de Madrid, la Comunidad de Madrid y Aena, dependiente del Gobierno Central, destacando que la dimensión social del problema radica en el acceso a la vivienda y la falta de respuesta institucional clara.
BBC Mundo conversó con miembros de varias organizaciones sociales que operan en Barajas. Ellos optaron por mantener el anonimato, ya que consideran que han enfrentado controversias e imágenes en medios que perjudican a las personas que pasan la noche en el aeropuerto. «El tema se ha politizado y los que pagan las consecuencias son los más vulnerables, los que duermen en el suelo», señala un voluntario.
A raíz de dormir en el frío suelo del aeropuerto y realizar largas caminatas empujando un carrito, Miguel ha desarrollado ciática y sufre mucho dolor. El médico le aconsejó que durmiera en «algo más blando», y por ello adquirió una colchoneta inflable.
«Me costó mis ahorros, pero ahora duermo mejor», me comenta mientras se acomoda para descansar.
Son las 11 de la noche y el pasillo permanece en silencio. Algunos miran sus teléfonos, mientras que la mayoría duerme con una camiseta sobre la cabeza para evitar las luces.
«Me costó mucho acostumbrarme a dormir con las luces encendidas», cuenta Nicolás, un nombre ficticio. Llegó de Perú hace nueve meses y desde entonces duerme en el aeropuerto. «Trabajo en construcción cuando puedo. Voy a las zonas donde se reúnen los trabajadores por la mañana, y si me aceptan en la cuadrilla, trabajo ese día. Luego regreso aquí a dormir. Lo poco que me pagan no es suficiente para alquilar una habitación.».
Al despedirme, un vigilante de seguridad en la puerta del aeropuerto se me acerca y me dice: «Solo te pido que trates a estas personas con humanidad. Hay quienes no lo han hecho. Y no olvidemos que son personas».
(Imagen: Europa Press/Getty Images)
PURANOTICIA // BBC MUNDO